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“La pandemia de coronavirus es una situación compleja a la que nuestra agricultura nacional debe sobreponerse; pero nos ofrece un tiempo para reflexionar acerca de su importancia y los cuidados que debemos tomar para su protección”.

Para nadie es una sorpresa que la agricultura nacional no está en un buen pie en el presente. Los factores que la afectan son numerosos, siendo quizá el más importante el cambio climático, que en Chile ha generado una mega-sequía y la ocurrencia de eventos climáticos extremos en una amplia extensión. Esto se ha acentuado en la zona centro-sur por enormes incendios forestales en las últimas temporadas; que más allá del impacto mediático en la sociedad, han acrecentado un problema gravísimo y escondido para el común de la ciudadanía: la degradación de los suelos.

Un reconocido investigador en ciencias del suelo, Prof. Winfried Blum, mencionaba hace algunos años que “El agua se bebe, el aire se respira, pero el suelo no se come; solo intuimos que nos alimenta indirectamente”. En el rol del suelo como “gran aliado silencioso”, las discusiones sobre su conservación, protección, manejo y explotación no se han posicionado como parte de la agenda prioritaria, ni política ni social. Esto se traduce en que Chile sea uno de los pocos países a nivel mundial que no posea una Ley para su Protección. Esto es ilógico si reconocemos que es, justamente el suelo, nuestro principal recurso para alimentar a la población mundial y mantener la vida en la Tierra, tal cual la conocemos.

Quienes trabajamos en suelos, vemos con preocupación que para mantener los niveles de producción de alimentos o, incluso aumentarlos para satisfacer la creciente demanda de productos agrícolas, se sigue recurriendo al incremento del uso de insumos como fertilizantes, pesticidas y agua; esta última muy escasa en el presente. Este (ab)uso del suelo no resulta sostenible, menos en el escenario nacional donde requerimos de enormes volúmenes de productos importados para sustentar la actividad agrícola, y que las difíciles situaciones políticas y sanitarias a nivel global han evidenciado como nuestro “talón de Aquiles”.

En este escenario, las dificultades al comercio, impuestas por el cierre de fronteras y la disminución del transporte originados por la pandemia de coronavirus, repercutirán fuertemente en las temporadas venideras. Quizá no es algo que avizoremos como inmediato, porque los efectos de un evento particular sobre la agricultura se observan al final del ciclo de cultivo. Sin embargo, este tiempo de “anormalidad” ha permitido que en numerosos puntos del planeta el cese de la frenética actividad humana permita hechos curiosos, como la disminución de niveles de contaminación atmosférica, incremento de poblaciones naturales de fauna, avistamientos de especies que se creían extintas, entre otros, como si de un verdadero “respiro” del planeta se tratase.

En el caso de nuestros suelos, este efecto no será visible de inmediato, porque los procesos de formación son lentos: un solo centímetro de suelo puede tardar 100 años en formarse. Pero podemos ver acciones que representarán un avance en cómo valoramos los productos y servicios que obtenemos del suelo, y que nos llaman a tomar conciencia de la importancia de mantenerlos sanos y funcionales. Por ejemplo, en tiempos de pandemia hemos visto que muchos de los productos agrícolas que consumimos son de origen local, de pequeños productores que nos abastecen directamente, y que no solo significa un impulso económico para ellos, sino también privilegiar sistemas de producción que son más amigables con el suelo.

En este sentido, muchos de quienes han realizado cuarentena han optado por crear huertas o cultivar algunas plantas en macetas. Pareciera poco, pero es un primer acercamiento al conocimiento del suelo y su potencial productivo, que representa un avance justamente en otro de los principales problemas de su conservación: la educación en ciencias del suelo. Este conocimiento inicial puede ser la semilla que genere un mayor interés de la población, no sólo por la protección, sino también por la preferencia de sistemas productivos que sean más sustentables.

Aunque los efectos negativos de la pandemia son innegables, también ofrecen la oportunidad de, en medio de este alejamiento de la “normalidad”, valorar la importancia del suelo como un medio que permite la alimentación de toda la población mundial y por el cual, además, podemos potenciar la economía y el bienestar en nuestro entorno… este tiempo de pandemia nos debe dejar claro que el suelo es sinónimo de vida.

Dr. Pablo Cornejo Rivas
Doctor en Biología Agrícola
Académico Departamento Ciencias Químicas y Recursos Naturales
Director Centro de Investigación en Micorrizas y Sustentabilidad Agroambiental, CIMYSA
Facultad de Ingeniería y Ciencias
Universidad de La Frontera
Investigador Asociado – CRHIAM (ANID/FONDAP/15130015)