El acecho a las Humanidades, las Artes y las Ciencias Sociales (HACS) en Chile

Durante las últimas semanas hemos sido testigos de un nuevo y arduo esfuerzo por desvalorizar el campo de las Humanidades, las Artes y las Ciencias Sociales (HACS) en el país. La historia reciente nos muestra algunas iniciativas importantes, aunque insuficientes, como los Convenios de Desempeño, los Anillos de Investigación y Conocimiento 2030, que incluso alimentaron, hace un par de años, la promesa de un «giro» investigativo hacia las HACS. Ese giro, hoy, se revela como espejismo

¿Qué hay detrás de un retroceso tan preciso, tan quirúrgico, en medio de un discurso oficial que sigue hablando de conocimiento y desarrollo? ¿A quién beneficia, exactamente, que Chile deje de investigarse a sí mismo?

En primer lugar, las medidas recientes del gobierno marcan un retroceso profundo, no un ajuste administrativo menor. En segundo lugar, exhiben la fragilidad estructural y la dependencia crónica de estas áreas, sostenidas más por voluntarismo que por política de Estado. Finalmente, revelan el malestar y el desprecio de ciertos sectores políticos hacia las HACS, un desprecio que estaba ahí, latente, mientras creíamos habitar un ciclo de desarrollo consolidado.

Desde una perspectiva crítica, no estamos frente a un episodio aislado, sino frente a una política del acecho, una economía política de la desvalorización y, muy probablemente, una cultura académica global que ha normalizado el desprecio hacia estas disciplinas y que prescinde de sus legitimidades. Sería ingenuo, entonces, reducir el fenómeno a una postura gubernamental de turno. ¿Por qué seguimos leyendo como coyuntura lo que es, en rigor, una tendencia sostenida en el tiempo?

Las crisis económicas actúan como evidencia funcional de ese desprecio y, sobre todo, como excusa perfecta para prescindir de lo que ya se consideraba, soterradamente, prescindible. La crisis no inaugura el desprecio; lo desnuda.

Y estas coyunturas sintomáticas que emergen en medio de la crisis expresan, además, visiones mucho más complejas y menos casuales de lo que aparentan.

El caso de la eliminación del Fondo para el Estudio del Pluralismo en el ecosistema de los medios de comunicación es elocuente: no interesa estudiar el pluralismo en Chile, sencillamente porque no se reconoce ahí un problema y, en consecuencia, tampoco se considera relevante el pluralismo informativo. ¿Qué país renuncia a mirar cómo se concentra la información que consume? Para las empresas informativas y sus propietarios, así como para el gobierno, la concentración mediática es apenas un fenómeno de mercado, resultado inevitable de la libre competencia y, por tanto, no un problema que amerite investigación. Si la concentración se explica desde el propio modelo económico que la normaliza, los esfuerzos por investigarla se vuelven, para ese modelo, un gasto innecesario. La decisión, entonces, no fue difícil: fue simplemente coherente con esa lógica.

Conviene decir con claridad qué está en juego cuando la concentración mediática deja de investigarse: no solo un mercado que se ordena según su propia lógica, sino una concentración cognitiva que reduce el repertorio de interpretaciones disponibles para entender los nuevos territorios de lo público y no su reducción a un problema administrativo. Cuando pocas manos controlan la producción de noticias, no solo se concentra la propiedad; se concentra también el ángulo desde el cual el país puede pensarse, el temario que define qué merece discutirse y qué queda fuera de la conversación democrática. ¿Cómo delibera una ciudadanía que recibe, cada vez con mayor frecuencia, la misma jerarquía de temas, el mismo encuadre, los mismos silencios? La democracia necesita pluralismo informativo no como adorno normativo, sino como condición mínima de la deliberación: sin diversidad de miradas, no hay debate posible, solo repetición organizada. Por eso desfinanciar su estudio no es un gesto neutro: es debilitar, en silencio, la infraestructura cognitiva que sostiene la vida democrática misma.

Tuve la oportunidad de participar, hace 17 años, como integrante del Consejo Asesor, en la implementación del primer concurso del fondo Pluralismo. La investigación que impulsamos entonces no se reducía a los fenómenos de concentración de la propiedad de los medios en Chile; buscaba comprender las distintas características de la producción mediática en su complejidad. Por eso esta decisión no solo desmantela un instrumento: exhibe también una comprensión pobre, cuando no nula, de lo que implica investigar en este ámbito. ¿Quién decide qué merece ser investigado en un país que dice apostar por el conocimiento?

En este escenario hostil, la defensa de las Humanidades, las Artes y las Ciencias Sociales (HACS) debe asumirse de manera conjunta, en alianza nacional e internacional, no como gesto simbólico sino como estrategia de supervivencia institucional. Para ello resulta urgente recuperar los espacios construidos en torno a las distintas iniciativas de fortalecimiento, como la Red Humaniora y otros centros interinstitucionales. En esta estrategia de colaboración es más necesario que nunca el trabajo en red, algo que tanto nos cuesta en Chile, con organismos como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y el Mercosur. Los esfuerzos institucionales y nacionales, por sí solos, son insuficientes: nos obligan a pensar y actuar competitivamente, una cultura académica que urge dejar atrás si de verdad queremos avanzar.

Queda, entonces, una pregunta de fondo que ninguna cifra presupuestaria resuelve: ¿qué le ocurre a un país que deja de investigarse a sí mismo? Un país que no produce conocimiento sobre su propia trama social pierde algo más que datos; pierde la posibilidad de leerse en sus propias tensiones. Pierde la capacidad de nombrar lo que le pasa antes de que otro se lo explique desde afuera. La investigación en HACS no es adorno erudito: es la condición misma para que un país pueda mirarse sin depender de la imagen que el mercado, la propaganda o el vecino más poderoso deciden devolverle. Cuando se desfinancia el estudio del pluralismo mediático, no se ahorra un gasto menor: se renuncia a la posibilidad de que el país sepa qué versión de sí mismo está circulando y quién la produce. Un país sin investigación social se vuelve, poco a poco, ilegible para sí mismo, dependiente de relatos ajenos para entender su propio presente. Esa es la derrota silenciosa que ninguna crisis económica explica del todo: no la falta de recursos, sino la renuncia a la pregunta. Y un país que deja de preguntarse no avanza; simplemente deja de saber hacia dónde va.

Ver columna en Le Monde diplomatique

Dr. Carlos del Valle Rojas.
Universidad de la Frontera.

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