En Chile, hablar de deuda es hablar de vida cotidiana. La Comisión para el Mercado Financiero (CMF) informó que en 2025 la deuda mediana de los hogares alcanzó $1,68 millones, con una carga financiera del 11,9% del ingreso mensual. Aunque esta cifra bajó respecto al año anterior, aún un 14,1% de los deudores destina más de la mitad de su sueldo al pago de compromisos financieros. La bancarización ha sido masiva: más del 95% de los hogares tiene acceso a productos financieros, pero la educación para manejarlos sigue siendo deficitaria.
El Estado habla de responsabilidad fiscal. ¿Y qué pasa con los hogares? Es hora de instalar un concepto propio: la disciplina financiera familiar. No se trata solo de llevar un presupuesto, sino de hacerlo transparente, compartido y comprendido por todos los miembros del núcleo. Los ingresos y egresos no deben ser secretos; los hijos deben conocer el sacrificio laboral de sus padres y entender que el consumo responsable depende de la realidad del presupuesto.
La comparación internacional es reveladora. Mientras países de la OCDE como Alemania o Corea del Sur destinan más del 30% de sus ingresos al ahorro, los hogares chilenos se ubican muy por debajo de ese promedio. Nuestra tasa de ahorro nacional ronda el 21,9% del PIB, sostenida principalmente por el sector privado, mientras el ahorro público ha retrocedido. Esto nos deja vulnerables ante crisis y limita la capacidad de inversión en el futuro.
Economistas como Solange Berstein advierten que el sobreendeudamiento sigue siendo un riesgo estructural, y especialistas como Nancy Silva subrayan que la educación financiera debe adaptarse a distintas edades y contextos. La inclusión bancaria sin educación es una trampa: acceso al crédito sin herramientas para administrarlo se traduce en vulnerabilidad.
La filosofía moderna también aporta luces. Zygmunt Bauman describe el consumismo como parte de la “modernidad líquida”, donde la identidad se construye a través de lo que se consume. En esa lógica, no consumir equivale a fracasar socialmente. Esta presión cultural erosiona la cohesión familiar y comunitaria, y convierte la deuda en un mecanismo de pertenencia más que en una herramienta de desarrollo.
Por eso, la disciplina financiera familiar debe ser vista como un acto de resistencia. Un presupuesto compartido, la conciencia del sacrificio laboral y la práctica del ahorro son pilares que fortalecen la libertad de las familias frente a la lógica del consumo líquido.
El ahorro no es solo guardar dinero: es sembrar tranquilidad. Una familia que cultiva su disciplina financiera construye libertad, y esa libertad es el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos.
Marco Antonio Vásquez Ulloa
Director de Finanzas y Desarrollo de Personas
Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales