Chile a 250 años de la riqueza de las naciones

Ana Moraga
Al cumplirse doscientos cincuenta años de La riqueza de las naciones, la obra suele citarse para defender el libre comercio a partir del concepto de la mano invisible. Aunque esa lectura no es falsa, resulta parcial: el texto también detalla qué tareas corresponden al gobierno porque a ningún particular conviene emprenderlas, y qué ocurre con las leyes cuando las escriben quienes pueden torcerlas. Revisitar a Smith desde el Chile actual exige integrar esas tres vertientes -comercio, tareas del Estado y reglas- pues del equilibrio entre ellas depende el bienestar social.

La primera dimensión concierne al comercio, ámbito que ha dado cuantiosos frutos al país tras abrir su economía y consolidar una red de acuerdos globales. Smith sostuvo que una nación se enriquece por lo que su gente sabe hacer y que la especialización requiere mercados amplios, fenómeno que observó en Escocia. De forma análoga, Chile diversificó sus exportaciones de cobre, salmón, vino y fruta, reduciendo de manera drástica la pobreza. Como bien advirtió el pensador escocés: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”.

Sin embargo, el progreso no es automático. En el libro quinto de la obra, Smith encomendó al Estado la tarea de resguardar la educación público-privada. Argumentó que la misma división del trabajo que enriquece a un país puede embrutecer a quien pasa la vida repitiendo pocas operaciones, dejándolo incapaz de juzgar los asuntos públicos. Por ello, promovió la enseñanza básica, afirmando que un pueblo instruido es más decente, ordenado y capaz de evaluar a sus gobernantes. Siglos más tarde, en la Universidad de Glasgow, Gita Gopinath planteó que la inteligencia artificial puede ser tan disruptiva como la Revolución Industrial, requiriendo preparar a los trabajadores, una vez más, mediante la educación.

A ello se suma una severa advertencia institucional. Smith señaló que los intereses de quienes viven de las ganancias nunca coinciden del todo con los del público, por lo que toda ley de comercio que propongan debe examinarse “con la más sospechosa atención”. Él no desconfiaba del mercado, sino de los poderosos que buscan redactar sus reglas. Por esta razón, Amartya Sen insiste en que Smith jamás concibió el mercado como un mecanismo autosuficiente, sino cimentado en la justicia.

Hoy Chile enfrenta este dilema: mientras el cobre alcanza máximos históricos, la productividad arrastra una prolongada desaceleración y seis de cada diez estudiantes no logran el nivel básico en matemáticas en PISA 2025. La mano invisible de Adam Smith no es una fuerza que actúe en el vacío. Al definir la libertad natural pone una condición: que cada uno persiga su interés a su manera “mientras no viole las leyes de la justicia”. Por lo tanto, Chile no necesita renunciar al Smith que conoce, sino entenderlo completo, porque el que defendió abrir los mercados y el que pidió educación y leyes iguales son el mismo hombre. Así nos recuerda que la verdadera riqueza de Chile no reside en el oro acumulado, sino en las capacidades de su gente y en la solidez imparcial de sus instituciones.

MSc. Ana Moraga Pumarino, Facultad de Cs. Jurídicas y Empresariales-UFRO
PhD. Claudio Navarro González, University of Manchester

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