El ausentismo en salud: discutimos las licencias, no las causas

En las últimas semanas, el ausentismo laboral en el sistema de salud volvió al centro del debate público. Las licencias médicas, el costo de los reemplazos y la presión sobre hospitales y consultorios han marcado titulares y declaraciones cruzadas. Pero mientras gran parte de la discusión se concentra en el gasto o en el uso del sistema, hay una pregunta que aparece poco: ¿por qué se está enfermando el personal sanitario?

Hablar de licencias sin hablar de las condiciones que las generan es discutir el síntoma, no la enfermedad. Y la evidencia, tanto chilena como internacional, es clara respecto a lo que ocurre dentro de hospitales, consultorios y servicios de urgencia del país.

Los trastornos musculoesqueléticos son actualmente una de las principales causas de problemas de salud laboral en el personal sanitario. Mientras el dolor lumbar afecta a cerca del 30% de la población trabajadora chilena, en quienes trabajan en salud la cifra supera el 40%, incluso por sobre otros rubros asociados a manipulación de carga. En una investigación realizada con trabajadores de la Región de La Araucanía, publicada en el International Journal of Occupational Safety and Ergonomics, observamos que cerca de la mitad de los trabajadores hospitalarios reporta molestias en la zona dorsolumbar y que estas se relacionan directamente con una menor capacidad para enfrentar las exigencias de su trabajo, tanto en el presente como a futuro.

Cuando esa capacidad disminuye, lo que viene después es predecible: licencias, ausencias, reemplazos y sobrecarga para los equipos que deben seguir funcionando con menos personal. La licencia médica, entonces, no es el origen del problema, sino muchas veces la consecuencia de un desgaste que comenzó mucho antes, en condiciones de trabajo sostenidas en el tiempo sin medidas preventivas suficientes.

¿Dónde comienza ese proceso? La respuesta no es única, y ahí está parte del problema. El cirujano que pasa horas operando en posturas forzadas, la TENS que moviliza pacientes postrados turno tras turno o el técnico que repite los mismos movimientos de muñeca y antebrazo durante jornadas extensas están expuestos a una carga física real. Pero pensar que todo se explica solo por eso sería un error. A esa exigencia física se suma una carga mental y organizacional que muchas veces pasa desapercibida: turnos rotativos, alta demanda estacional, presión constante, jerarquías rígidas, poca autonomía para decidir sobre el propio trabajo y dificultades para compatibilizar la vida laboral con la familiar. Esa combinación entre desgaste físico y tensión mental ayuda a explicar por qué las medidas preventivas tradicionales, aunque necesarias, no están logrando el impacto esperado.

Chile no parte de cero en esto. La Ley de Seguridad y Salud en el Trabajo, vigente desde 1968, fue pionera en América Latina y articula un modelo virtuoso entre comités paritarios, unidades de prevención y mutualidades. Es una ley que otros países nos han copiado. Pero los indicadores siguen mostrando que el personal sanitario enferma más que el resto de la población trabajadora. Algo no está cerrando.

La evidencia apunta a que es necesario cambiar el enfoque. La prevención no puede seguir limitada a charlas, folletos o vigilancia. También necesitamos fortalecer factores protectores en los propios trabajadores, como una mejor condición física, mayor tolerancia al esfuerzo y una musculatura preparada para las exigencias reales del trabajo sanitario. Así como un deportista necesita entrenamiento constante para sostener su rendimiento, quienes trabajan en salud también requieren preparación física acorde a las tareas que realizan diariamente. En un protocolo que implementamos previamente en la industria, orientado al fortalecimiento de la musculatura del hombro, obtuvimos resultados alentadores. Hoy buscamos llevar esa experiencia al ámbito hospitalario regional.

Pero esto no puede depender únicamente de la voluntad individual. Existe una responsabilidad compartida. Algunas instituciones, tanto públicas como privadas, ya han habilitado gimnasios en sus dependencias o entregan convenios deportivos a sus trabajadores. Son iniciativas que no deberían seguir siendo excepcionales. El hospital, el servicio público o la organización que define las condiciones laborales también tiene responsabilidad en evitar que ese trabajo termine enfermando a quienes lo realizan.

En La Araucanía, donde la red asistencial enfrenta presiones particulares como dispersión geográfica, brechas de especialistas y alta demanda estacional, esta discusión se vuelve especialmente urgente. Cuidar a quienes cuidan deja de ser solo un tema laboral y pasa a convertirse en una cuestión de salud pública regional.

Mientras la discusión pública siga centrada en el costo de las licencias y no en las condiciones que las generan, seguiremos reaccionando a las consecuencias en vez de prevenir las causas. La conversación pendiente, tanto en los comités paritarios como en las direcciones de servicio y las políticas locales, es por qué se está enfermando el personal sanitario y qué estamos haciendo hoy para evitarlo. Un sistema de salud robusto se construye, antes que con tecnología o ajustes presupuestarios, con trabajadores capaces de sostenerlo.

Claudio Muñoz Poblete
Director Departamento de Ciencias de la Rehabilitación

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